Lee Los ángeles de Emily FRAGMENTO I

COLD

Permanecí sentado en el sofá del salón mirando el techo toda la mañana. Ya era el tercer día que hacía lo mismo. Gordon, el perro de Emily, me miraba a mí mientras tanto. Lleno de curiosidad, se quedó delante de mí ansiando que le acariciara su peluda oreja. Era un labrador o algo así. Eso dijo Sarah. Bueno, un perro amarillento de ojazos suplicantes, que perdía pelo continuamente. La verdad es que no tenía nada mejor que hacer, así que me limité a cumplir con los deseos del perro mientras esperaba a que ocurriera algo interesante.

La percepción del tiempo es muy subjetiva. Del mismo modo que veinticuatro horas son una vida entera para una mosca, a mis treinta milenios, veinticuatro horas transcurrían para mí de forma mucho más rápida que para cualquier humano. Por eso, si digo que me aburría, es que realmente aquellas mañanas se me hacían eternas.

Después de presentarme a Emily, tuve la sensación de haber aterrizado en aquella casa como lo haría un yunque sobre un pastel de merengue. Aquel delicado ambiente se me escurría de las manos y lo pringaba todo. A Emily la había adoptado como a una especie de mascota cuando se parecía más a un parásito en la barriga de su madre que a una persona. Pero claro, ella no me conocía y moviéndome en su ambiente me empecé a dar cuenta de lo frágil que podía llegar a ser… En fin, era humana, claro. Cosa de la que nunca me había tenido que preocupar. Los humanos gozaban de tantos matices de emociones que llegaban a contradecirse con asiduidad. Eso los hacía especialmente tiernos… Y muy vulnerables. A la más mínima se hacían un lío y acababan haciendo cosas raras.

Sarah los comprendía, yo sólo lo intentaba… Juro que lo intentaba.

Hasta aquel momento, ella se había apañado bien. Yo sólo miraba de vez en cuando. Y las pocas veces que lo hacía, como me aburría soberanamente, no prestaba demasiada atención.

Hasta que el Mal empezó a burbujear con demasiada insistencia. Y lo hacía tomando formas muy peculiares, como sólo se veía en las grandes guerras. Todavía me escalofriaba el recuerdo de la última, hace unos veinticinco mil años, cuando yo todavía era un pardillo demasiado aventurero e inconsciente… Vamos, que me pilló siendo un poco imbécil.

En aquellas guerras había todo tipo de formas malignas, ya se sabe lo que las guerras agudizan el ingenio. Así es como se suelen desarrollar nuevos medios para combatir, como combatir en otras dimensiones y con otras consistencias.

Pues bien, aquellos volvían a ser momentos difíciles y no estaba muy claro qué podía ocurrir en un futuro próximo. A algunos cornudos les estaba dando por tener demasiada imaginación, por eso yo sabía muy bien que mi papel en aquella casa estaba justificado. A mí no me habían mandado junto a Sarah y a Emily porque fuera especialmente refinado, aunque ciertamente comprendía que tendría que esforzarme en ser prudente. No obstante, por mucho que intentara comedirme e integrarme, nunca estaba a la altura. Siempre parecía que se iba a derrumbar el piso sobre nosotros por el mero hecho de estar yo presente. Y siempre tuve la sensación de que si eso ocurría, sería el último en enterarme.

Sarah trató de hacer que me adaptara a aquella sutil convivencia. Se suponía que ella tenía una gran paciencia, aunque conmigo la perdía enseguida. He de decir que yo tenía mucha menos. A mí me ponían nervioso las maneras de Sarah, tanto como a ella las mías. Podía entender sus loables intenciones, pero yo la veía maquinar, mentir descaradamente, aparentar… Incluso con las cosas más triviales. Insistía en que no era hipocresía, sino diplomacia. Yo le explicaba que la diplomacia me la metía por la ranura más oscura de mi ridículo cuerpo enano.

En mi opinión, la verdad, por dura que fuera, daba libertad. De lo contrario, uno era siempre esclavo de un espejismo. Comportarse como es uno mismo, sin esconder nada, resultaba para mí primordial. Y sin embargo, parecía que en aquella dimensión en la que se movían los humanos, la verdad, la autenticidad, sólo traía caos.

Era algo que se me escapaba.

No lo soportaba.

Cuando me irritaba me daba cuenta de lo limitado que estaba mi cuerpecillo y tenía la sensación de que iba reventar. Era como si mi diminuto cerebro fuera a salir ardiendo de un momento a otro. Por supuesto, sólo era una sensación. Aquello no podía pasar porque no estaba realmente encerrado, como si el cuerpo fuera una caja contenedora del alma. Tenía mucha más movilidad de lo que las sensaciones me permitían experimentar. Pero me agobiaba. Y Sarah no ayudaba. Me machacaba con especial intensidad cuando mi mascota ponía cara de susto ante cualquier insignificante gesto mío. Tampoco se compadecía mucho de mí cuando me veía con cara de sorpresa.

La mayoría de las veces Sarah me explicaba qué había hecho mal, pero en muchas ocasiones me quedé con la boca abierta y con sentimiento de culpabilidad sin entender bien qué acababa de ocurrir delante de mis narices. Rápidamente aprendí a desaparecer cuando mi cachorra tenía síndrome premenstrual…

Pero me estoy adelantando demasiado. Es mejor que ilustre con ejemplos como era la situación inicial, como aquella mañana que pasé mirando el techo desde el sofá del salón y rascándole la oreja a un animalillo. Al menos, Gordon no parecía molesto con mi presencia allí. Nos caímos bien enseguida.

Estaba interactuando con mi peludo amigo amarillo cuando me di cuenta de que alguien iba a llamar a la puerta. Gordon alzó su oreja derecha justo antes de que sonara el timbre.

El perro y yo nos miramos. Me levanté y abrí la puerta. Al otro lado del umbral apareció una vecina de la misma planta. Borré mi cara de hastío y cambié mi expresión por una más amable.

–Hola –saludé.

© Helen R. Green

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